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lunes, 12 de mayo de 2014

Real Ballet de Dinamarca - La Bayadère

La Bayadère. Gudrun Bojesen y Marcin Kupinsky. Foto: Costin Radu

Copenhague, la capital danesa situada en la ladera del mar Báltico, es conocida por los muchos atractivos que ofrece a sus visitantes, diseño, arquitectura, gastronomía, extensos parques y hermosos castillos, coloridas casas al lado del canal y la famosa sirenita, pero para los balletómanos, Copenhague es además y sobretodo, una compañía que se cuenta entre las más antiguas  del mundo, heredera de una tradición que conserva como una joya, respeta como un legado único y, orgullosa, lo muestra a los interesados con gran generosidad y amabilidad.

Carolina Masjuan 

El día que en nuestro periplo por tierras danesas dedicamos al ballet, tuvimos la suerte de poder presenciar una clase del Royal Danish Ballet impartida por Loipa Araujo, actualmente maestra y Directora Artística Asociada a su Directora, Tamara Rojo, en el English National Ballet. Loipa, en lugar de aprovechar su semana de vacaciones para descansar, viajó a Copenhague para dedicar esos días a una compañía donde la adoran y en la que sus clases son muy apreciadas. 

Las veinticuatro sombras de La Bayadère.
Acompañados por el jefe de prensa, subimos al cuarto piso, pasando por vestuarios y pasillos repletos de fotos de bailarines y coreógrafos que marcan la historia del Real Ballet de Dinamarca y también de todo el mundo, y entramos en la sala de ensayos donde la clase ya había empezado. Loipa dirigiendo y agarrados a la barra y concentrados, los bailarines, en su mayoría daneses pero entre los que figura también algún extranjero como la catalana Alba Victoria Nadal, nuestra consejera turística por una ciudad en la que ya lleva diez años tal y como nos explicó en la entrevista que nos concedió y que pueden leer aquí. 



El Teatro Real de Dinamarca, construido en 1748, se halla situado en Kongens Nytorv, en el centro de Copenhague. El edificio original fue diseñado por el arquitecto de la corte Nicolai Eigtved y tenía un aforo de 800 plazas, posteriormente fue reconstruido por el arquitecto CF Harsdorff para dar cabida a un público más amplio. 

Durante las primeras temporadas el conjunto estaba formado por ocho actores, cuatro actrices, dos bailarines y una bailarina. En las décadas siguientes, el Royal Danish Theatre se convirtio en el teatro que hoy conocemos, ofreciendo teatro, ópera, ballet y conciertos bajo el mismo techo y gestión. Un elemento importante para el desarrollo artístico del teatro fueron sus escuelas. La más antigua es la escuela de ballet, creada en 1771 y que se cuenta entre las más antiguas del mundo. De esta escuela han surgido un gran número de bailarines famosos, como Lucile Grahn, la primera en bailar La Sylphide, y más contemporáneos como Peter Martins, Peter Schaufuss, Johan Kobborg y muchos otros. 



Ladies inglesas de La Bayadère 
con Ida Praetorius al frente.
Foto: Costin Radu
El Ballet Real de Dinamarca, sin embargo, no permaneció anclado en el pasado sino que en su repertorio  se encuentran trabajos de coreógrafos daneses y también de importantes coreógrafos internacionales. Después de la Ópera de París, el Ballet Real de Dinamarca tiene en su repertorio el mayor número de ballets de Balanchine en Europa. Además, ballets de coreógrafos importantes de hoy en día se bailan por el Ballet Real Danés incluyendo Jiri Kylian y John Neumeier, así como los jóvenes coreógrafos Tim Rushton, Alexei Ratmansky y Christopher Wheeldon. Una especialidad del Ballet Real de Dinamarca es que mantiene sus ballets cuentacuentos muy apreciados como continuación de la tradición de Bournonville. Agregando a esto el hecho de que la compañía también pone en escena los grandes clásicos -Giselle, Lago de los Cisnes, El Cascanueces y La Bella Durmiente- no hace falta decir que en pocas compañías del mundo pueden encontrarse tantas exigencias estilísticas como aquí. 

Pero sin duda alguna, August Bournonville (1805-1879) es la tarjeta de presentación del Real Ballet de Dinamarca. Nacido en Copenhague y educado en las mejores tradiciones de baile de Francia e Italia por su padre, un bailarín francés y el italiano Vincenzo Galeotti, que fue maestro de ballet en Copenhague desde 1775 hasta 1816, Bournonville se convirtió en un elegante bailarin de demi-caractère, pequeño y ligero, con un hermoso salto y una gran facilidad para la mímica. Durante la década de 1820 continuó su formación en París, el centro del siglo XIX para el ballet, actuó en la Opera de París y más tarde llevó el refinamiento y la gracia del estilo francés de regreso a Dinamarca. Aunque este estilo desapareció más tarde en Francia, se ha conservado en Copenhague. 

Bournonville creó una tradición de baile masculino danés del más alto virtuosismo y elevó el Ballet Real de Dinamarca a nivel internacional, dándole una calidad nacional única que permanece hasta nuestros días como su  característica distintiva. 

Alba Nadal en un ensayo como danzarina del templo.
Con algunas interrupciones -en Viena y Estocolmo- Bournonville fue maestro de ballet en Copenhague de1830 a 1877. Puso en escena cerca de 50 ballets y numerosos divertimentos. Muchas de sus obras todavía se presentan en una tradición que se mantiene intacta hasta nuestros días. Por lo tanto, el Ballet Real de Dinamarca posee un número de ballets de la época romántica, mayor que el de cualquier otra compañía de ballet en el mundo. Entre ellos se encuentran La Sylphide (1836), Napoli (1842), Le Conservatoire (1849), Un cuento popular (1854) y el pas de deux del Festival de las Flores de Genzano (1854). 

Bournonville sostuvo que el arte debe ser positivo; su propósito es elevarnos para convertirnos en seres armoniosos. Esta armonía se encuentra no sólo en las historias y los finales felices de sus ballets, sino también en su estilo de bellas proporciones y delicada sincronización musical. 

Pero durante los días que permanecimos en Copenhague la obra en cartel en el teatro fue La Bayadere, con coreografía de Marius Petipa y música de Ludwig Minkus, pero incluyendo una selección de danzas de Nikolaj Hübbe y Eva Draw. 

Ida Praetorius y Marcin Kupinsky (William y Emma) y Alba
Nadal en el Pas d'Action del segundo acto.
Foto: Costin Radu
Esta Bayadere revisada para el RDB, se sitúa igualmente en la India, aunque a principios del siglo XX, en la época en que era una colonia británica. Aunque los pasajes más característicos y emblemáticos del ballet, así como los personajes principales, continúan siendo básicamente los mismos, y la trama, pese a algunas variaciones, se mantiene, el único rol que conserva su nombre es el de Nikiya, la guardiana del templo. Solor es aquí William y Gamzatti es Emma, él un lugarteniente inglés y ella su prometida, hija del Vicecónsul, recién llegada a la India. Otro cambio importante es que aquí William (Solor) no cae profundamente dormido a causa del opio, sino que se suicida con un disparo. 

El Reino de las Sombras, que afortunadamente se mantiene intacto, no muestra, pues, el sueño de Solor (William) sino que es la culminación de su amor por Nikiya con quien se reúne en el más allá, siendo innecesario el cuarto acto (versión Natalia Makarova) con la destrucción del templo, que a mi entender se echa de menos para una mejor comprensión de la historia y para disfrutar de ese magnífico paso a tres entre Nikiya, Solor y Gamzati. 

Susanne Grinder como Nikiya. Foto: Costin Radu
Otras aportaciones son más acertadas, como la escena de la colonia británica con un bonito vestuario en tonos pastel, la intervención de los niños de la escuela con sus coloridos vestidos que asemejan plumas de pavo real y el pas de acción del segundo acto con un par de solos para cada una de las bailarinas, con música de Paquita. 
Por suerte se mantienen también intactos los solos de Nikiya y la danza del dios azul (ídolo dorado o de bronce en otras producciones). 

Los decorados de Richard Hudson, un poco kistch aunque efectivos y un vestuario muy colorido para los nativos y en tonos pastel para los ingleses, excepto para Emma y William en el baile del jardín, vestidos de luminoso amarillo. Tampoco faltan ni el tigre muerto ni el elefante (presente en la versión de Nureyev aunque no en la de Makarova). 

El reparto del viernes dos de Mayo nos brindó la oportunidad de conocer a los principales Susanne Grinder y Marcin Kupinski en los roles titulares de Nikiya y William. Pareja habitual en muchos ballets, tanto a nivel técnico como de posesión del rol dramáticamente, adolecieron de ciertas debilidades. Algún porté rozando la caída y en la danza de la escena del jardín, cuando Nikiya es mordida por la serpiente, las dificultades técnicas de ese solo tan exigente, no pudieron ser alcanzadas en todo momento. William sobretodo no parecía vivir las emociones de su personaje sino que era como si se limitara a bailar el rol sin demasiado sentimiento.
Ida Praetorius como Emma. Foto: Costin Radu
Quien destacó fue Ida Praetorius en el papel de Emma (Gamzati). Bailarina del cuerpo de baile –a pesar de su importancia, no es extraño que el rol de Emma se conceda a bailarinas solistas o del cuerpo de baile- Ida estuvo segura, con unos jettés y pirouettes sin fallo además de su total posesión del papel y capacidad de transmitir. Fue una de las mejores bailarinas de la noche. Noche en la que también brilló nuestra Alba Nadal en las tres partes en las que participó, danzarina del templo, como sombra de primera fila en el tercer acto y sobre todo en el pas de action del segundo acto donde su elegancia y musicalidad provocaron unos entusiastas aplausos del público, hecho que se repite en cada función en la que le es dado bailarlo. 

Y si una cosa cautivó fue la perfección del cuerpo de baile, en cualquiera de sus intervenciones pero evidentemente en la más espectacular, la mágica entrada y evolución de las sombras del tercer acto, donde se llevaron una gran ovación del público. Las tres sombras, Lena-María Gruber, Alexandra Lo Sardo y Amy Watson muy correctas también en sus variaciones. 

La música fue interpretada por la orquesta real danesa bajo la dirección de Graham Bond. 

Emulando a los bailarines. Danza por doquier en Copenhague
Todo en el teatro y en sus alrededores habla de ballet, podríamos decir que en toda la ciudad se respira danza, ya sea en las vallas que rodean las obras de la gran plaza, decoradas con distintos motivos entre ellos hermosísimas fotos de los bailarines (Alba en tres de ellas, a cual más espectacular) en el hotel donde nos alojamos, decorado con numerosas fotos antiguas de bailarines, en los planos interiores de pisos de alto nivel en construcción en la zona del archifamoso Noma, donde se propone decorar sus paredes con fotos de danza, el pasaje Bournonville y un teatro que suele colgar el letrero de completo siempre que hay ballet. 

Nuestra asignatura pendiente, volver cuando se programe una pieza de Bournonville, esperamos que sea pronto.

John Axel Fransson como el  dios azul. Foto: Costin Radu




domingo, 1 de abril de 2012

La Bayadère, Ballet de l'Opéra National de Paris

Photo : Agathe Poupeney
Héloïse Bourdon (Nikiya) / Stéphane Bullion (Solor)

Loïc le Duc

Créée en 1877 au Grand Théatre de Saint Pétersbourg, la Bayadère fut l'une des plus grandes réussites de Marius Petipa avant ses productions de La Belle au bois dormant (1890) et du Lac des cygnes (1895). Conçu en collaboration avec le librettiste Khoudekov et le compositeur Minkus, ce ballet a de quoi séduire par son parfum d'exotisme : tout l'Orient dans une bouteille. Couleurs, tissus, odeurs... servent de toile de fond à ce ballet dans lequel un guerrier indien, pourtant promis à la fille du rajah, tombe amoureux d'une simple bayadère, danseuse du temple de Bouddha. Gamzatti, sa promise, empoisonne la rivale qui meurt sous ses yeux. Alors qu'il fume du narguilé, Solor la voit en rêve, dans un tableau hommage au ballet romantique. 

Photo : Agathe Poupeney
Ludmila Pagliero (Gamzatti) / Stéphane Bullion (Solor)
Mais la Bayadère ne commença à voyager en Europe occidentale que dans les années 1960, époque au cours de laquelle le public put découvrir un extrait de l'acte III, le fameux Royaume des Ombres, ou une trentaine de ballerines descendent un praticable avant d'ondoyer dans une symétrie parfaite côté jardin d'Eden et symétriquement côté cour d'un Paradis d'une indicible beauté. L'opéra de Paris fut, en 1961, le premier à accueillir la troupe du Kirov et ovationna l'interprétation du jeune Rudolf Noureev, alors âgé de 23 ans. Ayant fait le choix de rester en Occident, le Tatar remonta cet extrait en 1963 pour le Royal Ballet puis en 1974, pour le ballet de l'Opéra de Paris. Vingt neuf ans séparent l'esquisse de l'intégrale : longtemps le chorégraphe nourrit secrètement le projet de revenir aux sources de cette Bayadère et de monter l'oeuvre dans son entier en s'appuyant sur une lecture attentive des notes de Petipa et de la partition de Minkus. La chorégraphie de Rudolf Noureev a scrupuleusement conservé toutes les danses de folklore chères à son coeur avec leurs cohortes de personnages indiens typiques (fakir, brahmanes, idole dorée) qui se marient harmonieusement avec les ensembles sur pointes relevant du ballet classique. On ne peut dire ce qui émerveille dans ce ballet... la théâtralité de Noureev ? la virtuosité des variations ? l'impeccable alignement des Ombres ? 
Dans une période encore réente, s'illustrèrent dans les rôles-titres des personnalités aussi prestigieuses qu'Isabelle Guérin, Monique Loudières, Elisabeth Maurin, Laurent Hilaire… 

Photo : Agathe Poupeney
Héloïse Bourdon (Nikiya)
Or, en cette matinée du 24 mars, la direction de la danse de l'Opéra confiait le rôle de Nikiya à la très jeune Héloïse Bourdon, sujet de la compagnie. Initiative qu'on ne peut que louer !
Lors de son entrée, Héloïse Bourdon/Nikiya nous propose très certainement une composition trop retenue… la crainte est de voir une Bayadère évoluer sans grand charisme, et d'assister à un récital sans teint. Mais dès sa première rencontre avec Solor, la Nikiya de Mademoiselle Bourdon s'impose et finit par convaincre : follement amoureuse, le pas de deux, lyrique, fonctionne merveilleusement bien. Outre cette puissance théâtrale qui ira crescendo, la technique de la ballerine est parfaitement maîtrisée, y compris à l'acte III, les lignes et les ports de bras sont incroyables. Seuls les cambrés de la jeune ballerine me laissent sceptiques. Le duo avec Gamzatti (Ludmila Pagliero) est féroce, d'une très forte intensité dramatique. Mademoiselle Bourdon y incarne une héroïne de caractère, dont le tragique naît de la révolte. Virtuose, Ludmila Pagliero, nommée quelques jours avant étoile de l'Opéra de Paris, offre une Gamzatti convaincante, alors que la chorégraphie ne sert pas la composition de son personnage. Stéphane Bullion s'impose comme un partenaire particulièrement attentif, au détriment de son Solor qui n'est vraiment convaincant qu'au IIIème acte. 

L'autre agréable découverte de cette distribution revient à François Alu : sa prise de rôle en Idole dorée s'impose d'emblée comme une référence. Au delà de la technique et de la virtuosité, Alu transcende la scène. Un frisson a parcouru les rangs de Bastille… à tel point que le chef d'orchestre, Fayçal Karoui, a applaudi à la fin de la variation le jeune coryphée, en qui tous les espoirs de la compagnie reposent. 
Sabrina Mallem et Fabien Revillion interprètent quant à eux, une excellente danse indienne. Le corps de ballet masculin, certes moins sollicité que leurs collègues, est plus convaincant et enjoué que le corps de ballet féminin, souvent terne… et l'instabilité de certaines dans le grand adage est quand même trop visible et doit être dénoncé.


Photo : Agathe Poupeney
François Alu





Représentation du 24 mars 2012 - Opéra National de Paris


NIKIYA Héloïse Bourdon
SOLOR Stéphane Bullion
GAMZATTI Ludmila Pagliero
L' IDOLE DORÉE François Alu
L' ESCLAVE Grégory Dominiak
MANOU Aubane Philbert
LE FAKIR Hugo Vigliotti
LE RAJAH Stéphane Phavorin
LE GRAND BRAHMANE Guillaume Charlot
SOLISTE INDIENNE Sabrina Mallem
SOLISTE INDIEN Fabien Revillion
1ÈRE VARIATION Sabrina Mallem
2È VARIATION Valentine Colasante
3È VARIATION Laurène Lévy