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lunes, 7 de diciembre de 2020

El Teatro de la Zarzuela recibe a la Giselle de Joaquín de Luz

Alessandro Riga y Giada Rossi (Foto: Alba Muriel)

Entre el 9 y el 22 de diciembre los afortunados que han conseguido una entrada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, tendrán la oportunidad de descubrir a una Giselle única.  Con la firma de Joaquín de Luz, director artístico de la Compañía Nacional de Danza, la romántica campesina alemana se convierte en una aldeana española que vive a los pies de la Sierra del Moncayo y se enamora de un apuesto y seductor viajero europeo. 

Lola Ramírez

Casi dos siglos después de que Théophile Gautier inspirándose en leyendas alemanas de Heinrich Heine creara a la romántica Giselle, el bailarín y coreógrafo Joaquín de Luz se deja inspirar por la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer para construir un personaje más cercano, tanto que sitúa su origen en una aldea de la Sierra del Moncayo. De esta manera, De Luz ha diseñado una Giselle vista a través del romanticismo español."Bailaremos la historia de esa muchacha enamorada del apuesto viajero extranjero al que amará más allá de la muerte", afirma el director de la CND. 

El propio Joaquín de Luz se meterá en la piel del seductor Albrecht el último día de la representación. En el estreno serán los bailarines de la compañía Giada Rossi y Alessandro Riga los encargados de dar vida a la romántica pareja. Giselle se estrena este miércoles, 9 de diciembre, rodeada de todas las medidas de seguridad contra la pandemia del Covid. Todas las entradas están ya vendidas y a buen seguro por culpa del innombrable bicho seremos muchos los que nos quedaremos con las ganas de descubrir a esta Giselle made in Spain. 

Cierto que Joaquín de Luz ha sido respetuoso con el libreto de Gautier y su versión mantiene toda la esencia de la obra, con sus entrañables campesinos, sus misteriosas wilis y la elegante y estirada Mirtha, interpretada esta última por Kayoko Everhart ( 9 y 12), Haruhi Onanie (10 y 13), Clara Maroto (15,17, 18, 20 y 22), y Natalia Muñoz (16 y 19).

Elenco del estreno de Giselle (Foto: A. M.)

Habrá cinco elencos diferentes entre el 9 y el 22 de diciembre; dos bailarines invitados: Elisa Badenes (principal del Stuttgart Ballet) y Gonzalo García (principal del New York City Ballet, que actuarán el 10 y el 12 de Diciembre. En la piel de Giselle estarán también, Cristina Casa (11 y 17), Giada Rossi (9 y 13), Kyoto Everhart (15 y 19), Haruhi Onanie (16 y 20) y Ana Calderón (18 y 22).  El rol de Albrecht lo interpretarán: Alessandro Riga (9, 13 y 20), Gonzalo García (10, 12 y 16),  Yanier Gómez (11y 17) Angel García Molinero (15 y 19), Anthony Pina (18) y Joaquín de Luz, ( 22).

Sin abandonar los elementos que han hecho de Giselle una de las obras cumbres del ballet clásico,  tanto Joaquín de Luz como el dramaturgo Borja Ortiz de Gondra han querido que en esta adaptación coreográfica estén presentes la escuela bolera y las tradiciones españolas. "Y cuando el segundo acto tenga lugar y aparezca el bosque nocturno donde habitan las wilis, esos espíritus de muchachas muertas antes de casarse, las voces del viento susurrarán versos de Bécquer", afirman De Luz y Borja Ortiz.

Compañía Nacional de Danza en el Primer acto de Giselle (Foto: A. M.)

Ballet en dos actos

Coreografía y dirección escénica: Joaquín de Luz (a partir de la original de Jules Perrot y Jean Coralli)
Música: Adolphe-Charles Adam (versión musical: Joaquín De Luz y Óliver Díaz)
Dirección musical: Óliver Díaz
Libreto: Borja Ortiz de Gondra y Joaquín de Luz (a partir del original de Jules Henry Vernoy y Theóphile Gautier)
Dramaturgia: Borja Ortiz de Gondra
Escenografía: Ana Garay
Figurines: Rosa García Andujar
Diseño de iluminación y creación de vídeo: Pedro Chamizo
Espacio sonoro: Víctor Tomé
Voces en off: Pedro Alonso y Ángela Cremonte
Asistentes al coreógrafo: Pino Alosa, Joan Boada, Yoko Taira
Bailarines invitados: Elisa Badenes y Gonzalo García
Ayudante de escenografía: Isi López-Puget
Ayudante de vestuario: Lucía Celis
Construcción de escenografía: Proescen
Confección de vestuario: D'Inzillo Sweet Mode
Peluquería: Mª Jesús Reina
Taller de utillería: Carlos del Tronco y Palomia Bravo
Producción de la grabación fonográfica: Fernando Arias (Aria Classica)

Orquesta: Orquesta Titular del Teatro de la Zarzuela. ORCAM
Director de Orquesta: César Álvarez
Duración: 2 horas.

SIPNOSIS

Primer acto

En una aldea cercana al Moncayo vive Giselle, una bellísima campesina. Un día de otoño, cuando baila a solas, es descubierta por un grupo de viajeros; uno de ellos, Albrecht, decide internarse en la aldea y cortejarla haciéndose pasar por un lugareño. Rendida por los encantos del nuevo pretendiente, Giselle ignora a Hilarión, su enamorado, quien sospecha del engaño del forastero.

Giselle y Albrecht bailan juntos, cada vez más atraídos, y a ellos se une toda la aldea Pronto la madre de Giselle la reprende, asustadísima: la salud de su hija es frágil y puede terminar convirtiéndose en una wiki, uno de esos espíritus de vírgenes que rondan por el bosque después de la media noche. 

Llega a la aldea el resto de los viajeros y, mientras los lugareños los agasajan, Giselle entabla amistad con Bathilde, la prometida de Albrecht, sin saber ninguna de las dos que aman al mismo hombre. Comienza la fiesta de la vendimia y las jóvenes eligen reina de la fiesta a Giselle. Hilarión, furioso por el coqueteo de Giselle y Albrecht, descubre la verdadera identidad de este, y lo desenmascara.

Bathilde pide cuentas a Albrecht, quien niega el amor que ha surgido en su pecho. Ante la traición de Albrecht, Giselle enloquece hasta caer muerta mientras los campesinos expulsan a Albrecht de la aldea.

Kayoko Everhart en el rol de Mirtha (Foto: A. M.)

Segundo acto

En el bosque, ante la tumba de Giselle, un cortejo da el último adiós a la joven. Cae la noche y entra Hilarión, que deposita un ramo de flores. Allí es sorprendido por Myrtha, la reina de las wilis, que ordena a estas su cruel venganza: le harán bailar hasta que caiga muerto de extenuación.

Poco después aparece Albrecht, profundamente desolado por no haber comprendido a quién amaba realmente. Conmovida, Giselle se hace visible y trata de salvar a Albrecht: baila sin descanso infundiéndole su aliento y haciéndole resistir vivo hasta que amanezca.

Con la llegada del alba, las wilis vuelven a las sombras, y Giselle se retira sabiendo que su amor ha creado un lazo eterno con Albrecht. Año tras año, hasta convertirse en un anciano, Albrecht seguirá acudiendo a la tumba de Giselle y escuchando hermosas palabras de la muchacha que lo amó más allá de la muerte.

"Si al resonar confuso a tus espaldas vago rumor, 
crees que por tu nombre te ha llamado lejana voz,
sabe que entre las sombras que te cercan te llamo yo.
Si se turba medroso en la alta noche tu corazón,
al sentir en tus labios un aliento abrasador,
sabe que, aunque invisible, al lado tuyo respiro yo."

Gisselle en gira

9-22 de diciembre. Madrid. Teatro de la Zarzuela

13-16 de enero. Sevilla. Teatro de la Maestranza

11 de marzo. Oviedo. Teatro Campoamor

17 y 18 de abril. Bilbao. Teatro Arriaga

18 de junio. Granada. Jardines del Generalife

23-27 de junio. Valencia. Palau de les Arts

lunes, 6 de febrero de 2012

Giselle - Correa-Carreño, una pareja de antología

Loïc le Duc
Traduccion : Carolina Masjuan


Foto : Erick Berg
Yolanda Correa - Yoël Carreno
Version française
Desde el flechazo con el príncipe Albertch disfrazado, hasta los ruegos a la reina para salvar al objeto de su amor, Yolanda Correa hace accesible y emotiva la historia de un romanticismo universal. Su baile y su técnica no son más que perfección. La asociación con Yoel Carreño alcanza el paroxismo. 

"Giselle" en sus inicios en 1841, basada en un poema de Heinrich Heine, con música de Adolphe Adam y coreografía de Jean Coralli, supone la culminación del romanticismo. Originalmente es la Grisi a quien el bailarín
Jules Perrot trajo de Nápoles. Una combinación de talentos (Teófilo Gautier, Vernoy de San Jorge, Coralli ...) engendra un éxito planetario: entre 1841 y 1849, cuando termina el contrato de la Grisi con la ópera, la obra se ha representado ochenta y nueve veces. Desde 1842, el ballet se baila en Viena, Londres y San Petersburgo.
En un pueblo de Alemania, el príncipe Albrecht, oculto bajo el nombre de Loys, ha seducido a la joven Giselle a quien también ama Hilarión, el guarda de caza. Sorprendido por la llegada de Bathilde, su novia oficial, Albertch no puede impedir la revelación de su verdadera identidad. Giselle enloquece y muere. En el segundo acto, Giselle se une a la Wilis , jóvenes que murieron antes de su boda y que hcen bailar hasta la muerte a todos los hombres que se aventuran en el bosque. Hilarión, que se aproxima a la tumba de Giselle es su primera víctima. Bajo las órdenes de la implacable Myrtha, Albrecht habría sufrido la misma suerte si Giselle no le hubiese defendido. Ella baila con él para ayudarle a sobrevivir hasta los primeros rayos del sol, que serán su salvación. Concebido para el lucimiento de la bailarina, Giselle se impone también gracias a su pareja. Como partenaires de gran calidad acompañan a la bailarina, el ballet saborea un éxito sostenido que le aclama como el parangón de la danza romántica. Pero ésta conduce a la desaparición de la danza masculina ... y poco a poco, al mismo tiempo que los bailarines pierden su importancia, el éxito de Giselle decae. En 1868, Giselle sale del repertorio de la Ópera. Hay que esperar hasta 1932 y Serge Lifar, para que la obra se vuelva a reponer. Él mismo interpreta a Albrecht y comparte cartel con Olga Spessivtseva para luego, en el año 1941 hacerlo con Lycette Darsonval. Desde entonces, el ballet no dejará ya de formar parte del repertorio, sin duda a causa de su coherencia dramática.  Aquí es donde van a brillar las más grandes bailarinas desde la Pavlova a Chauviré, pasando por Ulanova, Fracci, Fonteyn o Alonso.

Foto : Erick Berg
Yolanda Correa - Yoël Carreno
Frágil e inspirada, la Giselle de Yolanda Correa es la de una niña de quince años, que se está fraguando a la vida. No es más que felicidad y alegría de vivir. Su Giselle es la de la luz de la juventud, segada antes de tiempo. La heroína cubana encarna una bailarina de una sinceridad inquietante, su rostro siempre animado y expresivo, viviendo el mimodrama de forma fiel, sabiendo transmitir los convencionalismos, de forma natural y creíble. La danza y la técnica de la Estrella rozan la perfección. La traición es tanto más terrible puesto que Giselle / Yolanda Correa no es más que felicidad y pureza. Su escena de la locura es un shock. Quiere morir, se refugia en las faldas de su madre, hay un rechazo a la vida, una negativa a la luz, un rechazo a todo, y cuando surgen los recuerdos, estos vienen de lejos, poco a poco: el amor, el juramento, la pequeña flor, un caos terrible, algunas pequeñas frases que permanecieron y luego la negación, el rechazo; de repente tropieza con la espada, siente placer en asustar a los que la rodean, como un niño; las visiones se le aparecen como cometas y esa maravillosa cuenta regresiva la conduce a la pesadilla que la mata. Las cualidades dramáticas de la Señorita Correa resultan abrumadoras.
En el segundo acto, la bailarina interpreta con brío ese gran ejercicio de estilo, extremadamente refinado. Yolanda Correa se convierte en una "ausencia inquietante" el fruto de la imaginación de Albrecht. Pálida, guiada por la despiadada Myrtha y desesperadamente enamorada, Yolanda Correa encadena su danza con soltura e inspiración. La armonía de esta segunda parte se vería menguada, sin Yoel Carreño con el que forma un partenariado de antología. Su complicidad y las cualidades de partenaire del bailarín explican el lado inmaterial de su  composición. Se imagina tener a Giselle en sus brazos y de repente se da cuenta que no tiene sensaciones. En los decalés del final, Yoel Carreño no sólo transporta a su pareja, sino que posee una musicalidad perfecta, la coloca sobre la nota para que tenga toda su resonancia con el fin de crear esta ilusión mágica. Además de los portés de una precisión de ensueño, el cubano encadena unas variaciones y una coda brillante sin ostentación, con la nobleza que uno espera del príncipe y de una Estrella en este rol.

Clair Constant baila Myrtha. Imperial, posee toda su autoridad. Su técnica sin falla, con puntas de ensueño, saltos soberbios y una danza amplia. Si Kaloyan Boyadjiev nos brinda un Hilarión de buena factura, su presencia escénica debería ser mas “terrena” quizás algo menos noble.

Foto : Erick Berg

El cuerpo de baile es perfecto en el primer acto, con alineaciones menos precisas en el acto blanco. Los bailarines del pas de deux des Paysants, al contrario que los protagonistas, no poseen ninguna dimensión psicológica y no juegan ningún papel real en el desarrollo de la trama. No existen más que como proyección de los fantasmas de la heroína. Este paso a dos debe encantarnos. Cada movimiento que lo compone debe respirar el perfume del amor y la felicidad. Si Natasha Jones nos ofrece una bella danza de técnica segura, Craig Lee Cathcart es más flojo en sus variaciones.

Esta Giselle que pudimos ver a las orillas del fiordo de Oslo, es una fiesta para los sentidos. Un regalo. ¿Podemos esperar que sea inmortalizada mediante la grabación de un DVD? ¿Podemos soñar que ambos artistas sean invitados en el escenario de la Opera Garnier en una próxima programación de Giselle? Crucemos los dedos ...

Giselle
Ballet Nacional de Noruega. Representación de 28 de enero de 2012
(Estreno)
Coreografía: Jean Coralli y Jules Perrot
Puesta en escena: Cynthia Harvey
Música: Adolphe Adam
Escenografía y diseño de vestuario: David Walker
Diseño de iluminación: James F. Ingalls

Dirección Musical: Terje Boye Hansen
Orquesta de la Ópera Nacional de Noruega

Giselle : Correa - Carreno, un couple anthologique

Par Loïc le Duc


Photo : Erik Berg
Yolanda Correa, Yoël Carreno

« Giselle », à sa création en 1841 d'après un poème de Heinrich Heine, sur une musique d'Adolphe Adam et une chorégraphie de Jean Coralli, marque l'apogée du romantisme. A l'origine est la Grisi que le danseur Jules Perrot a ramené de Naples. Une conjonction de talents (Théophile Gautier, Vernoy de Saint-Georges, Coralli…) engendre un succès planétaire : entre 1841 et 1849, date de la fin du contrat de la Grisi avec l'Opéra, l'ouvrage est donné quatre vingt neuf fois. Dès 1842, le ballet est dansé à Vienne, Londres puis Saint-Petersbourg. 
Dans un village d'Allemagne, le prince Albrecht, dissimulé sous le nom de Loys, a séduit la jeune Giselle, qu'aime aussi Hilarion, le garde chasse. Surpris par l'arrivée de Bathilde, sa fiancée officielle, Albrecht ne peut empêcher la révélation de son identité réelle. Giselle en devient folle et meurt. Au second acte, Giselle a rejoint les Wilis, jeunes filles mortes avant leur mariage. Elles font danser à mort les hommes qu'elles surprennent. Hilarion, venu sur la tombe de Giselle, en est leur première victime. Sous les ordres de l'implacable Myrtha, elles auraient fait subir le même sort à Albrecht si Giselle ne l'avait défendu. Elle danse avec lui pour l'aider à survivre jusqu'aux premiers rayons du jour, qui le délivreront. Conçu pour mettre en valeur la ballerine, Giselle va s'imposer aussi grâce à son partenaire. Tant que des partenaires de qualité accompagnent la danseuse, ce ballet connaît une faveur soutenue et passe pour le parangon de la danse romantique. Mais celle-ci conduit à la disparition de la danse masculine… et petit à petit, en même temps que les danseurs perdent de leur importance, le succès de Giselle décline. En 1868, Giselle quitte le répertoire de l'Opéra. Il faudra attendre 1932 et Serge Lifar pour que l'ouvrage soit remonté. Il tient le rôle d'Albrecht et partage l'affiche avec Olga Spessivtseva, puis en 1941 avec Lycette Darsonval. Dès lors, le ballet ne quittera plus l'affiche, sans doute à cause de sa cohérence dramaturgie. C'est là que vont s'illustrer les plus grandes danseuses, de Pavlova à Chauviré, en passant par Oulanova, Fracci, Fonteyn ou Alonso. 
Photo : Erik Berg
Yolanda Correa, Yoël Carreno
Fragile et inspirée, la Giselle de Yolanda Correa est celle d'une enfant de quinze ans à peine, qui est en train d'éclore à la vie. Elle n'est que gaieté et joie de vivre. Sa Giselle est celle de la lumière de la jeunesse, fauchée avant l'heure. La ballerine cubaine incarne une héroïne d'une troublante sincérité, le visage toujours animé et expressif, vivant le mimodrame de manière fidèle, sachant en rendre naturelles et crédibles les conventions. La danse et la technique de l'Etoile frisent la perfection. La trahison est d'autant plus effroyable que Giselle/Yolanda Correa n'est que joie de vivre et pureté. Sa scène de la folie est un choc. Elle veut mourir, se réfugie dans les jupes de sa mère, il y a un refus de vie, un refus de lumière, un refus de tout, et quand les souvenirs émergent, ils viennent de très loin, par bribes : l'amour, le serment, la petite fleur, c'est un chaos effroyable, quelques petites phrases qui sont restées et puis le non, le refus ; tout à coup, elle bute dans l'épée, elle prend plaisir à effrayer ceux qui l'entourent, comme une enfant ; des visions lui apparaissent comme des comètes et ce merveilleux compte à rebours la mène au malaise qui la tue. Les qualités dramatiques de mademoiselle Correa se révèlent bouleversantes. 
Au second acte, la ballerine réussit avec brio ce grand exercice de style, extrêmement raffiné. Yolanda Correa devient une "absence envoûtante", le fruit de l'imagination d'Albrecht. Pâle, guidée sans pitié par Myrtha et éperdue d'amour, Yolanda Correa enchaîne les danses avec aisance et inspiration. La grâce de cette seconde partie serait amoindrie sans Yoël Carreno avec lequel elle forme un couple d'anthologie. Leur complicité et les qualités de partenaire du danseur expliquent le côté immatériel de leur composition. Il imagine voir Giselle dans ses bras et réalise brusquement qu'il n'a pas de sensations. Dans les décalés de la fin, Yoël Carreno non seulement transporte sa partenaire mais est d'une musicalité parfaite, la pose sur la note pour qu'elle ait toute sa résonance, de façon à créer cette illusion magique. Outre les portés d'une précision rêvée, le cubain enchaîne des variations et une coda brillante sans ostentation, avec la noblesse attendue du prince et d'une Etoile dans ce rôle. 
Photo : Erik Berg
Clair Constant danse Myrtha. Impériale, elle en a l'autorité. Sa technique est sans faille, avec des pointes de rêves, des sauts superbes et une danse ample. Si Kaloyan Boyadjiev nous propose un Hilarion de très belle facture, sa présence scénique devrait être plus "terrienne" et peut être moins noble. Le corps de ballet est parfait dans le premier acte, les alignements plus imprécis dans l'acte blanc. Les paysans du pas de deux sont, à l'opposé des rôles-titres, dépourvus de toute dimension psychologique et ne jouent aucun rôle véritable dans le déroulement de l'intrigue. Ils n'existent que comme projection des fantasmes de l'héroïne. Ce pas de deux doit nous charmer. Chaque mouvement qui le compose doit respirer le parfum de l'amour et du bonheur. Si Natasha Jones nous offre une belle danse à la technique sûre, Craig Lee Cathcart est plus en peine dans les variations de cet exercice. 
Cette Giselle qui nous est donnée à voir sur les bords du fjord d'Oslo, est une fête pour les sens. Un cadeau. Peut-on espérer qu'elle soit immortalisée par l'enregistrement d'un DVD ? Peut-on rêver que les deux artistes soient invités sur la scène de l'opéra Garnier lors d'une prochaine reprise de Giselle ? Croisons les doigts…

Giselle
Ballet national de Norvège. Représentation du 28 janvier 2012 (Première)
Chorégraphie : Jean Coralli and Jules Perrot
Mise en scène : Cynthia Harvey
Musique : Adolphe Adam
Scénographie et costumes: David Walker
Lumières : James F. Ingalls
Direction musicale : Terje Boye Hansen
Norwegian National Opera Orchestra







sábado, 2 de abril de 2011

La Giselle de Mats Ek en Versailles por el Ballet de la Ópera de Lyon

Loïc le Duc
Traduccion : Carolina Masjuan
En un soberbio entorno, entre mármoles y terciopelos azules, el Ballet de la Opera de Lyon puso en danza a su Giselle, aquella que coreografiada en 1982 por Mats Ek, es, sin duda, una de las más pertinentes versiones del gran ballet romántico original.

© Jean-Pierre Maurin

Fue el pasado jueves 31 de marzo, en el soberbio escenario de la Real Ópera de Versailles donde nos re-encontramos con el Ballet de la Ópera de Lyon… en ese lugar histórico, inaugurado el 16 de mayo de 1770, día de la boda del Delfín con la archiduquesa Marie-Antoinette, con una representación de Perseo de Quinault y Lully. 

Entre los terciopelos azules y los mármoles que adornan esa joya arquitectónica, el ballet de la Ópera de Lyon presentaba una de las escasas relecturas de Giselle y sin la más absoluta duda, una de las más pertinentes, coreografiada en 1982 por Mats Ek y que entró en el repertorio de la compañía en 2009. 


© Jean-Pierre Maurin
Los bailarines de esta compañía encarnan en su más justa media, en su forma más real, el lenguaje « Ekiano » que exige un cuerpo sólido, blindado y resistente, que debe velar para evitar dislocarse al llevarlo a sus límites. Sean físicas, técnicas o psicológicas, se trata de estirar al máximo las propias capacidades. Es cierto que el vocabulario es clásico, pero sujeto a torsiones, quiebros que enfrentan al bailarín al desafío de encadenar los pasos con fluidez. Inmensos pliés à la seconde, altos saltos, développés extremos, los brazos radiales en el espacio, y todo combinado con un uso frecuente de giros en attitudes que desaparecen en el torbellino de la acción. La línea es suave, el movimiento continuo y los bustos de los bailarines, muy curvados, deben ser capaces de cualquier ondulación. La suavidad se rompe por attitudes angulares que sobrevienen al paroxismo de las tensiones. La densidad del movimiento es solo comparable a la intensidad de las situaciones y de los sentimientos. 

Pero cada movimiento arranca de un sentimiento personal profundo del intérprete, a imagen de Giselle quien, absorbida por la felicidad del encuentro, “hace el avión” en una memorable carrera circular. Ya que para el coreógrafo sueco, el libreto de Giselle es una mina inagotable de «trastornos » de tensiones de los que va a hacer alarde, sin miramientos, vaciándolos en escena. Conservando el libreto original (escrito por Théophile Gautier) y la música de Adolphe Adam, Mats EK acentúa lo trágico de la situación, haciendo de Giselle (emocionante Caelyn Knight !) la tonta del pueblo, enfrentada a una comunidad rural ruda y opresiva. Giselle se apasiona por Albrecht (Denis Terrasse, fantástico como joven noble superficial), pero su engaño no la mata, simplemente la vuelve loca. El segundo acto se desarrolla pues en un asilo psiquiátrico. Myrtha, la terrible reina de las Willis, es ahora una enfermera que preserva a la pobre Giselle de la seducción de la sexualidad adulta. Hilarion (Yang Jiang, preciso y correcto), el amigo de la infancia que no abandona a Giselle, tratará de devolverla a la realidad. En vano! La Giselle de Mats Ek, como la heroína del ballet clásico, no deja de amar a Albrecht. Le perdona y le salva haciéndole descubrir la riqueza de los sentimientos. Al final del ballet, después de la noche loca y salvaje en el asilo, Albrecht, desnudo, replegado en sí mismo, se ve cubierto por una manta por Hilarion, en un último gesto de reconciliación. ¿Habría por fin Albrecht encontrado su razón de vivir?

© Jean-Pierre Maurin

Por su interpretación y entrega, el Ballet de la Ópera de Lyon logró un gran éxito y los numerosos espectadores, no dudaron en felicitar a los intérpretes aclamándoles larga y calurosamente. Lo merecían. Incontestablemente.

sábado, 8 de marzo de 2008

Alina Cojocaru: Sencillamente insuperable

Alina Cojocaru y Johan Koborg en una escena de Giselle (Foto: L.R.)
Por algo dicen que es una de las mejores bailarinas del mundo. Lo tiene todo:  interpretación, virtuosismo, técnica y un gran carisma. Menuda y de aspecto aniñado, Alina Cojocaru (Bucarest), interpretó ayer en el Teatro de Madrid una Giselle que, literalmente, enamoró e hizo enmudecer  al público.

Lola Ramírez 

Y lo hizo como se gestan los grandes amores, poco a poco y como quien no quiere la cosa. De entrada, en el primer acto, Alina Cojocaru nos ofreció una ingenua y pizpireta Giselle, tierna y seductora a la vez. La técnica de esta bailarina rumana que se convirtió en primera bailarina del Royal Ballet en 2001 y, precisamente interpretando este personaje, es tan depurada y tan virtuosa que consigue que el espectador piense que Alina vuela porque tiene alas y que Alina sube la pierna hasta el cielo porque es de goma.

En realidad el espectador se olvida de todo eso; lo único que puede hacer, y lo hace es enamorarse de la pequeña gran rumana.

Cierto que, además del virtuosismo de esta primera bailarina, a la que acompañaba en su actuación el Ballet Nacional de la Ópera de Bucarest, la Giselle del Teatro de Madrid contaba también con una cuidada y lograda escenografía que en el primer acto nos traslada al ambiente bucólico de los bosques del  Rhin, con su castillo dibujado en la silueta del horizonte. Alina baila, se enamora y enamora a Albretch, interpretado por Johan Kobborg, su pareja en la vida real y, también primer bailarín del Royal. Kobborg hace su papel con suma dignidad: Permitir y ayudar a que la estrella brille con toda intensidad. Y lo hace muy bien. Más de una bailarina perdida entre el público habrá envidiado un porteador tan firme y seguro. Los giros de Johan Kobborg son perfectos y su trabajo limpio, pero en Giselle, Venus siempre es Giselle y, en este caso más que nunca.

Una de las múltiples cualidades de la bailarina del Royal es que no hace pantomima, interpreta, vive su papel. A menudo en el ballet vemos interpretaciones demasiado histriónicas que restan realismo al personaje.Somos conscientes de que algunos coreógrafos lo exigen. Cuestión de gustos, pero en esta ocasión no es así. Alina vive su personaje y cuando se vuelve loca, parece que se vuelve loca de verdad y cuando se muere, el público se muere con ella, de tal manera que, al bajarse el telón tienen que pasar unos segundos hasta que el respetable resucita y vuelve al mundo real.

Pero si el primer acto la Giselle de Alina Cojocaru enamora,  en el segundo resulta insuperable. El “adage” (el de Giselle es uno de los escasos adagios que se hacen en solitario, sin partenaire), es perfecto. Ni el más mínimo temblor. Alguien en medio del sepulcral silencio hace el intento de aplaudir. Y le mandan callar. En esta Giselle el público no quiere aplausos, el público sólo quiere atrapar esos instantes de magia que rara vez se suelen dar.

No puedo decir más, sólo que nunca había visto algo igual. Ya en los ensayos de la compañía, a los que tuve el privilegio de asistir, viendo a Alina recordé a Barhysnikov; es la primera vez que veo a una bailarina que me haga sentir lo mismo: que estoy delante de alguien genial, alguien que supera los límites del resto de los mortales.

Para terminar, algo que me llamó poderosamente la atención y que casi me contagia el apunte de lágrimas que había en los ojos de Cojocaru: la sencillez de la bailarina rumana al saludar; el querer compartir con el resto del elenco y como una más,  el sincero y apasionado agradecimiento del público.  ¿Por qué será que, a menudo, los más grandes suelen ser los más sencillos?